Una de las crónicas más enigmáticas que se relatan de la Santafé de Bogotá colonial es aquella que refiere a un extraño ruido, de duración e intensidad desproporcionada, que escucharon los habitantes de la sabana el 9 de marzo de 1687 en horas de la noche. De acuerdo con los cronistas de la época (los padres jesuitas Juan Ribero y Joseph Cassani, que, sin embargo, no fueron testigos del evento), el ruido tuvo una intensidad y duración tal que originó una situación de pánico colectivo en los habitantes de toda la ciudad. Sin conocer su causa u origen, muchos habitantes salieron desnudos o en ropas ligeras y corrieron sin dirección. Otros no encontraron más recurso que forzar las entradas a las iglesias y encomendarse a los santos de su devoción. Creían genuinamente en el arribo del Juicio Final. Según los cronistas, el fenómeno generó tan profunda impresión en los testigos del evento que modificó notablemente las costumbres de los habitantes. Creó la efemérides, vigente por muchos años, de descubrir en las iglesias cada 9 de marzo el Santo Sacramento. Y se adhirió al idioma con el paso de los siglos y forjó la expresión “tiempo del ruido”, para referirse a una edad sumergida en las profundidades del tiempo.

El hecho notorio es que nadie ha ofrecido una explicación satisfactoria sobre la verdadera causa del fenómeno. El misterio se acentúa principalmente por los escasos detalles que ofrecen los cronistas sobre las características del ruido. El suceso comenzó a percibirse cerca de las 10 p.m. Era lo suficientemente intenso como para asemejarse al que generan las descargas de artillería. Su duración, siguiendo a los cronistas, es particularmente notable: 15 minutos (Ribero) y hasta de media hora(Cassani). Por ausencia de registro se deduce que no causó movimiento sísmico, incendio, inundación, deslizamiento de tierra, tormenta, ni produjo heridos ni muertos. Un detalle interesante: durante su duración se percibió un fuerte olor a azufre.

En la noche del evento se llegó a pensar en varias causas. Entre ellas, la intervención de figuras diabólicas que anunciaban el fin de los tiempos. Otros, con los pies más en el piso, asumieron que el ruido era originado por la metralla de un ejército invasor. Esto motivó una corta expedición del Presidente  hacia las afueras de la ciudad en donde, según algunos, fue más intenso el ruido. Poco después se creyó que el ruido era una manifestación del interior de la tierra que tuvo relación con el terrible terremoto que azotó el Virreinato del Perú en octubre de ese mismo año. Siglos después el eminente geofísico Jesús E. Ramírez atribuyó, sin ofrecer más detalles, el ruido a un “fenómeno atmosférico”. Y Armando Espinosa sostiene que la causa fue una creciente del río Fucha.

En el último número de la Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas Físicas y Naturales  Freddy Moreno, especialista en astronomía, y yo propusimos que el evento bien puede explicarse suponiendo que el causante fue un meteoroide (pequeño asteroide) que ingresó a la atmósfera terrestre y que, a causa de la resistencia que antepone la atmósfera, generó intensas ondas de choque. Al final se desintegró con varios estruendos de gran intensidad.

Sustentamos esta explicación basados en varios aspectos. Primero, los avances en observación astronómica indican que la población de objetos, como pequeños asteroides y cometas, que pueden eventualmente colisionar con la Tierra es bastante numerosa. El número estimado de objetos con tamaños entre 1 y 10 metros (un tamaño apropiado para generar un evento de características semejante al relatado aquí) en órbita cercana a la Tierra es calculado en poco más de mil millones. La entrada de material extraterrestre no es un fenómeno ocasional: ocurre todo el tiempo. Cada año se reportan caídas de meteoritos o explosiones de pequeños objetos en las capas altas de la atmósfera. Estimaciones recientes establecen que la Tierra gana diariamente cerca de 500 toneladas de este tipo de material, la mayoría con tamaños microscópicos. Hoy sabemos que en promedio se presentan al año entre 10 y 40 explosiones de asteroides pequeños con energías equivalentes a la de una pequeña bomba atómica. Un ejemplo reciente viene al caso: el 1 de noviembre del presente año, la entrada de un meteoroide sobre el sur del departamento de Huila produjo una explosión que alarmó a los habitantes de varias poblaciones de ese departamento. Entre ellas, Hobo, Algeciras, Campoalegre y Palermo.

También sabemos que las manifestaciones usuales de la entrada de un meteorito vienen acompañadas por fuertes estampidos sónicos –en algunas ocasiones tan fuertes como para mover el terreno–, fenómenos luminosos, lluvia de rocas (meteoritos propiamente dichos) y, en algunos casos, aunque no siempre, se han reportado olores intensos, que los testigos comentan siempre como de tipo “azufrado”.

Aunque la hipótesis del meteoroide haciendo explosión sobre Santafé puede explicar ciertas características comentadas por los cronistas, hay que admitir que, como cualquier hipótesis que se ha ofrecido, es discutible. Parece extraño que nadie haya observado el fenómeno luminoso asociado a la entrada ni las explosiones. Nadie reportó tampoco la aparición de meteoritos en el suelo. Y lo que es peor: hasta donde sabemos, ninguna entrada de meteoroides puede generar explosiones que se extiendan tanto como 0,25 a 0,5 horas.

Frente a esto se puede argumentar lo siguiente: se han reportado casos de entradas de meteoroides en los que el fenómeno sonoro es percibido, pero no el fenómeno luminoso asociado. Las estadísticas muestran que, de un 85% de las caídas de meteoritos en las que se escuchan explosiónes, sólo en un 55% se observa el fenómeno luminoso. También son numerosos los casos en que el meteoroide se consume completamente en la atmósfera, sin que alcancen a llegar meteoritos al suelo.

El tiempo de duración htmlque los cronistas reportan como duración del ruido podría explicarse si tenemos en cuenta que proviene de testigos que entraron en pánico colectivo. Los especialistas en percepción han demostrado que los relatos de testigos bajo una fuerte carga emocional no son dignos de confianza por su tendencia a exagerar los relatos e incluso a agregar episodios que no ocurrieron en realidad. Sabemos ahora que los recuerdos no quedan congelados estáticamente en las mentes de las personas: se van reconstruyendo conforme pasa el tiempo.

Se debe tener presente, además, que tanto Ribero (que sí estuvo en Santafé varias décadas después) como Cassani no fueron testigos del evento y que escribieron sus crónicas basados presumiblemente en relatos de testigos (o de crónicas de las que no tenemos conocimiento) unos cuarenta o cincuenta años después de acaecido el fenómeno. Esto puede indicarnos que hay que tomar con algo de prudencia los relatos que describen el fenómeno y pensar que no sería extraño que la dificultad que se ha tenido para explicarlo haya sido el afán de dar cuenta de las características del relato, pues fue asumido como una fiel descripción de lo que ocurrió. Jaime Borja  va más allá: sugiere que los cronistas tomaron un hecho relativamente insignificante para recrear una historia de la llegada del Apocalipsis. Su intención básica era “moralizar a los incautos santafereños” de aquel entonces. Esto quedó convertido con el paso del tiempo en mito y leyenda colonial. Lo más probable es que lo que sucedió esté en un punto intermedio. Y la hipótesis de la entrada de un pequeño asteroide, que ocasionó sobre los cielos sabaneros un gran estruendo (como el que asustó a los habitantes de las poblaciones del Huila), bien podría explicar ese extraño evento que hace parte del folclor de la Santafé colonial.