VAN A DERRUMBAR EL PUENTE DE LA 26

Bogotá.  El Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) anunció que a partir de hoy se cerrará el tránsito de norte a sur por el puente para comenzar con la modernización de la estructura, que forma parte de las obras de la Fase III de Transmilenio.

La intervención obedece a que la calle 26, en este sector, será ampliada de dos a tres carriles en cada sentido y los apoyos de los puentes actuales quedarían hincados sobre los nuevos carriles de la vía generando problemas de seguridad vial.

“La demolición como tal del puente comenzará en ocho días, después de que se realice la adecuación del plan de manejo de tráfico, verificar que todo este funcionando bien, para comenzar a quitar la capa asfáltica y demoler el puente”, dijo el coordinador de las obras del tramo tres de la Fase III de Transmilenio, Edgar Ardila.

Las obras están a cargo del contratista del grupo tres de la fase III de Transmilenio que es liderado por el Grupo Odinsa y tiene la interventoría el consorcio IML.

Para facilitar la ejecución de las obras, la Secretaría de Movilidad diseñó rutas alternativas para evitar traumatismos en las vías de este sector de la capital, entre los que se encuentran tomar la avenida calle 32 al occidente, girar posteriormente la carrera 19b y subir a tomar hacia el oriente por la calle 22 o 24 para volver a la Caracas hacia el sur

“Otra opción es tomar la diagonal 28 al occidente, girar por la carrera 16 ó 17 al norte, luego al occidente por la calle 32, continuar por la carrera 19 B al sur, girar al oriente por las calles 24 ó 22, y empalmar al sur por la avenida Caracas para continuar por su recorrido habitual”, afirmó el representante de la Secretaría de Movilidad, William Pedraza.

La Bogotá de antaño

En las décadas de 1920 a 1940 Bogotá era la Atenas Suramericana, una ciudad gris y con sombrero, que deambulaba de un lado a otro e iba a misa, asistía a corridas de toros y se extasiaba ante una serie de impecables discursos en el parlamento. La carrera 13 no era la carrera 13, era ‘ La alameda’, la avenida Jiménez no era tampoco la Avenida Jiménez, tenia un nombre mas sonoro: ‘El camellón de los carneros’.
La avenida caracas tampoco era la Avenida caracas. Era ‘la Carrilera’. que por allí pasaba el viejo ferrocarril del Norte, con su locomotora de vapor y sus pasajeros de pañolón y ruana. Era la Atenas Suramericana, una Atenas de gramáticos y de clérigos, de lloviznas interminables, muy chic y muy señora. En fin, una ciudad como la describe García Márquez, ‘helada y Sombría, donde las mujeres no salían de sus casas sino para la misa de cinco, y no podían entrar en las heladerías ni en las oficinas publicas, donde había a toda hora embotellamiento de entierros en las calles y una llovizna menuda desde los años de la mula herrada.
Todo ello aunque hoy haya cambiado, se encuentra convertido en un centro multicolor y limita por sus cuatro puntos cardinales con una multitud inmensa de problemas. Cuando en Europa el metro de Paris y el de Londres se extendían desde cinco décadas atrás como una telaraña y, como una telaraña, capturaban a todos en sus redes.
Pero en Bogotá que apenas comenzaba a sacudirse el tradicional y castizo nombre de Santa Fe, a nadie se le ocurrió que ochenta años más tarde, los millones de personas que se movilizan diariamente a bordo de unos buses atestados, que sufren los azares del tráfico automotor y que constituyen el más agudo punto de conflicto en una ciudad que no da espera, hubieran aplaudido su visión cosmopolita, su intuición sobre el futuro, por el hecho de reservar ese espacio para construir un sistema adecuado de transporte masivo.
Ahora, después de la administración de Hernando Duran Dussán, quien propuso tender redes subterráneas por la carrera 13 (‘La Alameda’ de antaño), el alcalde Augusto Ramírez Ocampo puso sobre el tapete, y a superficie, la idea de construir un metro elevado por la Caracas. Pero las cosas serian diferentes. Pues bien, Bogotá apenas se desprendía de su modorra centenaria, estaba formada por algunos sectores. Bogotá propiamente dicha, Chapinero, San Cristóbal, Las Cruces, La avenida de Chile, cada cual con su propio modo de ser, con su temperamento, con sus características. En un principio pareció que la ciudad tenía tendencia a extenderse hacia el sur y por eso se puso en marcha rápidamente el tranvía hacia San Cristóbal y se construyeron algunas ‘quintas’ de las cuales muy pocas quedan en pie en Teusaquillo, en La Magdalena, en La Merced y en Chapinero.
¿Como era la ciudad en esa época? Para comenzar no había sino tres o cuatro colegios importantes, casi todos manejados por clérigos, que vivían cerrados buena parte del año por falta de agua. Uno de los cuales era el Liceo de La Salle. De Chapinero, que iba desde la séptima hasta los confines y que lindaba con el bosque Calderón Tejada. Mientras los bogotanos de hoy en día se hacinan en apartamentos de cincuenta metros, en ese entonces se disponía de extensiones inmensas. Como la del Hipódromo de la 45, en cuyos alrededores inmediatos no había sitios para estacionar vehículos, sino enormes potreros, llenos de fresas, uchuvas, moras y cerezas. Esta era la época de una Bogotá desconocida, elegante, refinada, y mojigata, que pocos años antes había provocado el suicidio de José Asunción Silva y pocos años después el de Ricardo Rendón. Las mujeres asistían a las carreras siempre de vestido largo y había champaña. Llego entonces la gran depresión. Se cerró el Hipódromo de la 45 y se abrió el de la 53, en las antiguas instalaciones del Country club. Después cerraron el Hipódromo de la 53 e inauguraron el de Techo. Las instalaciones se convirtieron entonces, poco a poco, en una urbanización del Banco Central Hipotecario. En donde se construyo Sears el cual dio paso al actual Galerías. En esa época se realizaban los carnavales de Bogotá, en estas fiestas se imitaba lo que los cachacos de la época contaban que se hacia en Venecia o en Paris o en demás sitios inaccesibles. Entre 1916 y 1917, cuando Bogotá tenía doscientos mil habitantes, se desato una epidemia de gripa que produjo algo más de diez mil muertos.
Las gentes, aterrorizadas, veían como, carreta tras carreta, decenas de cadáveres eran conducidos a las fosas comunes. No era, siquiera, el amor en los tiempos del cólera. La muerte se había apoderado de todos y ponía su mano de seda sobre una ciudad que meses mas tarde sufriría el pánico de los temblores. Las crónicas de la época relatan como las gentes, aterrorizadas, se lanzaban a las calles cuando la tierra rugía enfurecida. No había nada que hacer y mientras los mayores se preocupaban por proteger a sus hijos de un peligro inminente, estos se divertían de lo lindo, dormían en carpas, no iban a la escuela, y vivían una especie de fiesta imprevista, donde todo estaba permitido, hablarle a la vecina sin la vigilancia materna, levantarse a las ocho, dejar de oír los sermones y rosarios. Luego hubo otros temblores, 1923 ó 1924. En los años veinte la ciudad terminaba en Paiba, un poco más debajo de la estación de la sabana y por el norte llagaba a la calle 63, que eran los extramuros.
Pero Bogotá propiamente dicha iba más o menos desde Las Cruces hasta la 26, en San Diego.
Ahí terminaba. En el sur estaban San Cristóbal, que nunca fue demasiado poblado. En el norte Egipto, Las Aguas, La Perseverancia, el Paseo Bolívar. Después de San Diego venia una solución de continuidad hasta chapinero, que comenzaba mas o menos en la calle 45, pero chapinero no era si no la alameda y esta llegaba hasta la 66. De oriente a occidente, se encontraban algunas edificaciones en la carrera séptima y algunas otras en la 13. Y más tarde se construyeron los barrios unidos, que fue quizás el primero del sector obrero. Existía un tranvía de mulas que iba de chapinero al centro, la estación quedaba en lo que fue el teatro caldas, lo que es hoy la Avenida Jiménez, que en ese momento era la calle 15, pasaba el rió San francisco.
punte de las latas en el rio San Francisco
Monserrate el cerro, arriba del rio San Francisco
Monserrate en 1920
El domingo era un día especial, la gente iba al parque, a veces al de la independencia, a veces al del centenario. Este último desapareció para dar paso a los puentes de la 26. En el había un carrusel de tracción humana, el dueño era un señor de apellido Peinado, y el grito de guerra, de los niños era ‘eche fuerza, señor Peinado’. Estaba también la glorieta de Bolívar, que trasladaron después al llamado parque de los periodistas. En el de la independencia había retrato todos los domingos. Esa era una de las mayores atracciones de la época. Otra atracción era ir a matinée, había dos teatros, el uno era el Salón Olimpia, que quedaba frente al parque del centenario, el otro, el Bogotá, situado arriba de la calle 20, que se dedicaba mas al teatro que al cine.
Estaban también el Colon y el Municipal, donde se presentaban toda clase de compañías. La ciudad era muy aficionada al teatro. ¿Que hacían los bogotanos de los años veinte? Leer, rezar, oír chismes, ir a cine. Durante mucho tiempo no hubo sino una sala, la del teatro Olimpia.
Después se construyó el Bogota, y más tarde, en chapinero, el caldas. En el Olimpia se reunía lo mejor de la sociedad, compuesta por elegantes ricos y pobres elegantes. Había matinée los domingos y vespertina los jueves, sábados y domingo. El cine era mudo y a toda velocidad. Venían películas de chaplin, de Greta Garbo, de Clara Bow, de todas las luminarias de la época. Hoy es casi imposible imaginar lo que era esa época. Pasar del cine mudo al parlante fue algo que dejo boquiabiertos a los habitantes de esos años. El alumbrado, estaba en sus inicios, los teléfonos eran de manivela, en los que había que pedir el número. Un edificio alto de Bogota, el cubillos situado en la carrera octava con la Avenida Jiménez, fue el primero que tuvo ascensor. Una de las diversiones populares era montar en ascensor. La gente preguntaba: ‘¿Pero, no da miedo?’. Se subía y luego comenta que había sentido como un vacío…. Era otra época. Años más tarde comenzó la radio, con ‘La Voz de la Víctor’. La convivencia ciudadana era total. Se vivía el sentimiento de vecindad que, por desgracia, se acabó. Hay que pensar en Bogotá dentro de otra escala. Una escala próxima a la aldea, con sus problemas, sus dificultades y, también, sus maravillas. En Noche buena se hacían los aguinaldos disfrazados. En la noche. Se hacían comparsas, entre las 9 y las 11, y ganaba quien descubriera la identidad de su contrario, que por lo general era el novio o la novia. La diversión consistía en saber quién eras tú quién era yo. Era un motivo para encontrarse en las calles, un motivo de ingenio, de convivencia. En esa época había tiempo para todo. Se leía, se iba a cine con la noviecita, se estudiaba. Se trata pues de una paradoja, cuando las ciudades crecen, la comunicación es más difícil. Pese a que se tiene un ámbito mucho más grande, la vida se reduce. De ahí la influencia de los medios de comunicación que se convierten, como su nombre lo indica, en el vehículo de que dispone, el hombre para comunicarse con el mundo exterior. En ese entonces, los diarios no tenían la importancia de hoy en día. Tal vez porque circulaban apenas en Bogotá y en la Sabana y quizá llegaban hasta algunos municipios que quedaban a lo largo de las líneas del ferrocarril.
El periódico mas importante era ‘El Nuevo Tiempo’, también circulaba ‘El Diario Nacional’ y ‘El Debate’. Después apareció ‘El Tiempo’, que fue creciendo con el país. ‘El Espectador’ era vespertino, cuyas oficinas quedaban en la carrera séptima entre calles 15 y 16, y en las cuales se editaba ‘El Tiempo’. Los talleres de este último estaban en la calle 14, arriba de la séptima. Era un lote sumamente grande, que Eduardo Santos compró poco a poco hasta Llegar a la Avenida Jiménez que en ese entonces no era tal. Sino un gran cañón sobre el rió San Francisco. En esa época, existían los chuchos. La mayoría se encontraban en la calle de Florián. Eran unos pequeños locales que se montaban en los zaguanes, donde se vendían espejitos, peinillas, en fin, toda clase de chuchérias. De ahí el nombre. En 1930 se produjo una verdadera revolución en las costumbres políticas y ciudadanas. Luego de 45 años de régimen conservador llegaban los liberales al poder, y con ellos los estudiantes que intervenían en todo, que se hacían oír, se hacían tertulias en los cafés alrededor de los grandes políticos del momento, de José Mar, de Jorge Eliécer Gaitán, de Darío Echandia, de Moisés Prieto. A nadie se le ocurre hoy en día encontrarse ni al más fugaz de los políticos en un café del centro. Esta costumbre, que fue esplendida, se perdió por completo. La vida del café, tan agradable, tan cercana, desapareció en los años 70. Otra diversión de la época era la de los toros. Los cosos eran unos circos de madera, unas espantosas corralejas improvisadas, hasta que don Ignacio de Santamaría construyo la plaza que termino su sobrino, Carlos Sanz de Santamaría. Desde entonces hubo un sitio para presenciar las corridas. En el country se jugaba golf, en el Club de la Magdalena, tenis y había partidos de fútbol en la Merced, en terrenos de los jesuitas, pero hoy la ciudad es otra cosa. En ese entonces la ciudad era un conglomerado de gente pobre, descalza, de empleados, la mayor parte de los habitantes vivían de la burocracia o del comercio y las industrias eran apenas algo muy incipiente. Ya existía Bavaria, La ciudad vivía en medio de una serie de obras inconclusas, muchas de ellas iniciadas varias décadas antes, las otras bajo administraciones recientes. La Avenida Caracas, por ejemplo, estaba apenas proyectada. Por allí pasaban los rieles de un ferrocarril que había muerto varios años antes y los cuales hubieran podido servir de base para el desarrollo de un sistema de transporte masivo. Pero en ese entonces, en medio de las necesidades más impresionantes y de problemas angustiosos, era imposible concebir un proyecto de esa magnitud. Bogotá era una ciudad pequeña, de 380 mil habitantes, que no tenía la afluencia de gente necesaria para justificar la construcción del metro, y que, además, por el norte llegaba apenas hasta Teusaquillo, un poco más alta de lo que hoy es la iglesia San de Diego. En esa zona se habían levantado la Escuela Militar y otras edificaciones del gobierno, que le ponían un límite por entonces considerado apenas suficiente. Luego, después de unos potreros, venía Chapinero, que era un barrio apartado. Los primeros tranvías de mulas comunicaron a los dos sectores, sólo años después llegaron los eléctricos.
En el interregno, mejoraron los medios de transporte. Para hacer un trasteo, en épocas remotas, era necesario recurrir a dos individuos que venían con una parihuela y un lazo y pasaban de un lado a mueble por mueble. Pero el ejemplo más dramático de lo que era la ciudad lo constituye el agua. Había acueducto, sí, pero el agua no se podía tomar. La que se requería para el consumo humano bajaba a hombro de burro desde el Chorro de Padilla, la ciudad parecía detenida en el tiempo. El río Bogotá no estaba contaminado como hoy en día. La ciudad tenía, además, tres riachuelos, afluentes del Bogotá. El uno era el Arzobispo, que bajaba por la actual calle 39, el otro, el San Agustín, que bajaba por lo que hoy es la calle séptima. Y finalmente el San Francisco, que iba por la actual Avenida Jiménez. Los problemas eran muchos. Los árboles, por ejemplo, que se miran hoy como algo exótico, eran un elemento cercano, propio de una ciudad que se aproximaba al campo. Sin embargo las calles estaban desnudas. Tal vez la idea que tenían los españoles de lo que debe ser una población cualquiera, nos había despojado de los árboles. En el centro de Bogotá, salvo en la Avenida de la República -como se llamaba la carrera séptima- no se encontraba uno ni para un remedio. Pero a medida que la ciudad se fue adentrando en la Sabana, surgieron las calles arborizadas. Ya en esa época existían las invasiones. Sí, la cosa no es de ahora. Se hicieron muchos barrios, que comenzaron a extenderse hacia el norte a partir de San Diego. Allí surgieron Teusaquillo, La Magdalena, el barrio de La Merced, eran los sectores elegantes, pero fuera de ellos había en los extramuros unas invasiones con las que se engañaba a las pobres gentes.
Los piratas de la época vendían los lotes luego de ofrecer el oro y el moro. Aseguraban que, el municipio había expedido las autorizaciones respectivas y que habría servicios públicos de transporte, agua, luz y teléfonos. Nada de eso era cierto, recibían el pago y se perdían.
Hoy los problemas siguen siendo los mismos. Salvo uno, que no existía en ese entonces: el de la inmigración, el de los desplazamientos hacia la capital de la República, que crearon una ciudad distinta en poco tiempo. Que una urbe cualquiera suba de 400 mil habitantes a algo menos de siete millones en setenta años, es un índice que no se registra casi en ninguna parte del mundo, tal vez en Chicago o en Sao Paulo. Bogota creció de una manera increíble y, naturalmente, todo le quedó corto en poco tiempo. Se han hecho ingentes esfuerzos para dotarla de servicios, meta que se ha conseguido en buena parte, pero el transporte es un caos. ¿Cómo puede explicarse esa congestión masiva y permanente? En una única forma: por la estrechez de las calles. Claro esta que el tránsito es desorganizado y que obedece a sistemas absurdos como la guerra del centavo. Pero en realidad la primera deficiencia de todas radica en que la ciudad es estrecha.
Mención especial en la vida de la ciudad, merece Jorge Eliécer Gaitan, estaba en todas partes, en toda forma. Gaitán en el debate, en el foro, en el momento oportuno y en el inoportuno. Gaitán en el desayuno y en la sopa. Gaitán era el centro de una ciudad que por entonces empezaba a preocuparse por otros contenidos, que se aprestaba a entrar de lleno en una época de crisis, marcada por las diferencias sociales y por la miseria. Esa ciudad, mojigata y oscura, necesitaba un huracán que la levantara de sus cenizas, que le quitara la modorra mediterránea heredara del clero. El huracán se llamo Gaitán. Desde entonces el caudillo forma parte de la mitología popular. Las fotografías de la época lo muestran seguro de si mismo, vanidoso de sus ancestros, jugador de tejo, con sombrero de ancha cinta, gabardina, cercano a una mujer, un hombre, un niño. que él pudo entender como ningún otro. La encarnación histórica de Bogotá es Jorge Eliécer Gaitán. Con su soberbia, con su inteligencia, con su audacia, con su vanidad incurable, con sus decisiones y, sus indecisiones, Gaitán interpreta lo que es y lo que deja de ser una ciudad en una época. Hacer un paralelo Bogotá-Gaitán sería prolijo, pero muchos de los rasgos más característicos de un conglomerado que, en el fondo, lucha, que se esfuerza por integrarse que se afirma sobre si mismo como una forma más de lanzarse a la aventura, de dar un paso hacía adelante, sin saber a ciencia cierta donde irá a parar, a la Presidencia o al despeñadero, que se atafaga por romper, por rasguñar, que hace carambolas de tres bandas, que tiene una carta marcada conocida, que usa paraguas, que se le mide a todo y a todo se le mide, que sabe lo que quiere pero duda, que quiere cuando puede y a veces a la inversa, que se distrae con tristeza y ríe igual: con tristeza, que por fuera es un payaso callejero y por dentro un asceta, que es agresivo en la forma, e inmensamente dócil en el fondo, que improvisa, que es emotivo y emocional y sentimental hasta las lagrimas, que deja su sensibilidad a flor de piel porque tiene miedo de hundirla hasta el fondo, que se aglomera para protegerse y nunca ha ido a la conquista del oeste, que calla y otorga, y habla y otorga, que baila con el cuerpo como una estaca, que no se entrega a la alegría ni a nada, que hace pausas, que medita, que es pobre de cuerpo y alma, que tapa las ventanas porque odia la luz del día, que prefiere el desierto, que usa máscara, que es irónica y sarcástica y aguda y socarrona, que tiene caspa, que es miope y sorda cuando no quiere oír, y muda cuando no quiere hablar, y débil y cansada, muchos de esos rasgos se encuentran de seguro en la compleja psicología del gran desconocido, de la persona que no pudo llegar, que era histriónico y profundo, Hamlet y Sancho Panza al mismo tiempo, Gaitán es una sombra que desaparece. Pero en los ochenta y seis años que transcurrieron entre 1920 y 2006, el laberinto de su personalidad intriga por lo determinante. Gaitán es una anécdota. Se sabe, lo que cuenta todo el mundo. Que cayó derrumbado por una huelga chóferes de taxis reacios al uniforme. Se añade ahora que ordeno asfaltar la séptima y que la obra quedo tan mal que la gente se hundía en la brea. Se sabe también de su desempeño en la carrera de la educación. y nada más. Pero sobre las gentes que vivieron lo que aca se cuenta, Gaitán se proyectaba como una figura mágica, llena de formulas, llenas de posibilidades. En un parlamento que era foro y también espectáculo, Gaitán era el espectáculo por antonomasia, odiado y amado hasta el delirio. Es posible que Gaitán no sea la gran figura histórica de Colombia en el siglo XX. Pero si se sustrae a Bogotá, si se le saca del resto del país y se la convierte en un ente autónomo, la figura determinante y la determinada, es Gaitán, imagen del bogotano autentico, popular, leguleyo, incansable en el trabajo, obsesivo, lleno de humor y lleno de gracejos. Todo esto lo que no pudo ser. Porque así como Gaitán no llego a ser jamás y lo que en el se venera es lo que habría sido quizá mas adelante, Bogotá no pudo llegar a ser porque fue conquistada, arrasada, dominada y sojuzgada por un país que se volcó sobre ella para enseñarle otro comportamiento, para decirle que es de todos, que es la ciudad de las puertas abiertas, que aquí caben, en una sola persona, el costeño y el vallecaucano, el antioqueño y el ambiente de los llanos. En esta confluencia, afortunada sin duda alguna, el bogotano pasó a formar parte del todo como un elemento. De esa síntesis saldrá el habitante de la ciudad del futuro, una ciudad que hemos padecido y disfrutado en estos años, una ciudad en formación. Gaitán es un mito con pies de bronce, un hombre de carne y hueso que conmovió en su momento cuando quedo truncado, roto, abatido, vuelto pedazos. Como Bogotá en los comienzos del siglo XXI. Una ciudad que es apenas la semilla de lo que podrá llegar a ser cuando se integre.